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Cómo medir de forma más justa la economía

Un mundo nuevo emerge inexorable. Mientras el viejo se resiste a desaparecer. La idea del crecimiento a toda costa que caracteriza el modelo económico actual se está poniendo en entredicho tanto por la comunidad científica, como por los organismos multilaterales y algunos Gobiernos. La Gran Recesión dejó tras de sí un reguero de desigualdad que el aumento de la actividad productiva posterior no ha sido capaz de eliminar; el calentamiento global agrieta el planeta construyendo un futuro cada vez más preocupante para las nuevas generaciones, mientras la tecnología que permite minimizar estos dos lastres ya está operativa aunque probablemente su impacto no está llegando todo lo lejos que debiera ni se sabe cuantificar con precisión. Los ciudadanos se quejan. Aumentan las revueltas, los conflictos, el descontento. Y los partidos populistas se hacen fuertes en unas sociedades cansadas de que sus Gobiernos pongan la economía como el fiel de la balanza en vez de su bienestar. Cansadas de que siempre ganen los mismos.

Un mundo nuevo emerge inexorable. Mientras el viejo se resiste a desaparecer. La idea del crecimiento a toda costa que caracteriza el modelo económico actual se está poniendo en entredicho tanto por la comunidad científica, como por los organismos multilaterales y algunos Gobiernos. La Gran Recesión dejó tras de sí un reguero de desigualdad que el aumento de la actividad productiva posterior no ha sido capaz de eliminar; el calentamiento global agrieta el planeta construyendo un futuro cada vez más preocupante para las nuevas generaciones, mientras la tecnología que permite minimizar estos dos lastres ya está operativa aunque probablemente su impacto no está llegando todo lo lejos que debiera ni se sabe cuantificar con precisión. Los ciudadanos se quejan. Aumentan las revueltas, los conflictos, el descontento. Y los partidos populistas se hacen fuertes en unas sociedades cansadas de que sus Gobiernos pongan la economía como el fiel de la balanza en vez de su bienestar. Cansadas de que siempre ganen los mismos.

La organización liderada por Ángel Gurría abandera la corriente del crecimiento incluyente, una formulación más sofisticada, que se basa en establecer como parámetro fundamental el bienestar de las personas en términos de ingresos disponibles, de acceso a la educación, la salud, las infraestructuras, la certidumbre en el trabajo o el empleo de calidad, entre otras variables. “Tenemos que evaluar las inversiones públicas y privadas con arreglo a una especie de checklist que indique los recursos naturales que se van a perder al realizarlas o si van a apoyar al desarrollo de las comunidades. Hemos elaborado un marco de crecimiento inclusivo en el que decimos a los países que no vamos a renunciar al PIB porque es una medida internacional estandarizada, pero hay que complementarla con otros indicadores para que sus gobernantes tomen las decisiones en el marco del crecimiento inclusivo y puedan modificarlas en términos de impuestos, gastos o de productividad en función de cómo le estén afectando a la gente”, señalan desde la OCDE.

Experimento

Nueva Zelanda es el primer país que ha abandonado la doctrina del crecimiento económico a cualquier precio. En mayo pasado su primera ministra, la laborista Jacinda Ardern, presentó los denominados presupuestos del bienestar. Unas cuentas que, por primera vez, han puesto el foco en intentar atajar los problemas más acuciantes de sus casi cinco millones de habitantes: la salud mental de la población, la lucha contra la pobreza infantil, el apoyo a las comunidades indígenas, la transición a una economía baja en emisiones y el impulso de la innovación, explica Nigel Fyfe, embajador de Nueva Zelanda en Madrid.

Para ello ha puesto sobre el papel 25.600 millones de dólares neozelandeses (unos 15.000 millones de euros) para los próximos cuatro años y ha confeccionado el llamado Marco de Condiciones de Vida, donde se analizan esferas del bienestar como medio ambiente, salud, vivienda, identidad cultural, ingresos, consumo, empleo… “para asesorar a los Gobiernos” sobre cómo sus compromisos políticos “pueden afectar las condiciones de vida de toda la población”. La mitad del gasto se destinará a las prioridades sociales. Los nuevos medidores todavía no han dado frutos. Lo mismo que las políticas. “Necesitamos más tiempo, pues ambos son a largo plazo. Lo importante es que hemos hecho el cambio”, indica Fyfe.

 

Aunque se ha aprobado una partida de 455 millones de dólares neozelandeses (271 millones de euros) para la puesta en marcha de un nuevo sistema de salud mental y reforzado con 40 millones el sistema de detección de suicidios, así como implementado 1.000 plazas para alojar a indigentes. El Gobierno mostrará la evolución de los indicadores cuando se cumpla un año del presupuesto, a medida que las disputadas elecciones generales, que se celebrarán este año, se acerquen. Porque las variables de análisis de impacto, su semáforo de medición, es una pieza clave para orientar las prioridades del gasto.

 

Nueva Zelanda ha abierto la brecha, sostiene Diego Isabel La Moneda, director de NESI (Fundación Nueva Economía e Innovación Social), una organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo es contribuir a cambiar el modelo económico para hacerlo más humano y sostenible; pero otros dos Gobiernos, el islandés y el escocés, están trabajando en ello a través de la Wellbeing Economy Alliance (WeAll), un laboratorio de políticas innovadoras destinadas a mejorar el bienestar más allá del PIB. En él participan los tres Ejecutivos y más de 60 organizaciones civiles internacionales, entre las que figura NESI.

 

Porque, según Isabel La Moneda, hacen falta nuevos indicadores que estén al servicio de las personas y del planeta. “El PIB no sirve para tomar decisiones sino para que los países compitan entre sí”, aprecia. En su opinión, la propia ciudadanía tendría que participar en la decisión de la suma de marcadores que evalúe su calidad de vida y su progreso. Variables no solo cuantitativas sino cualitativas y que no tendrían que ser las mismas para todos los países.

 

Es la idea alentada por la OCDE, “porque con nuestro arsenal de análisis económico no estamos capturando los intangibles, que son precisamente los que generan confianza entre la ciudadanía”, sostiene. También por el Banco Mundial, que ha incorporado en su recién presentado su barómetro de desarrollo humano un nuevo índice de movilidad social.

 

El Premio Nobel de Economía de 2001, Joseph E. Stiglitz, es el adalid de la corriente que cuestiona el PIB por sus limitaciones como indicador de progreso. “Si solo nos concentramos en el bienestar material (por ejemplo, en la producción de bienes, más que en la salud, la educación y el medio ambiente), nuestra visión se vuelve distorsionada [...]. Nos volvemos más materialistas”, escribía en este periódico, en su artículo Más allá del PIB, hace poco más de un año. A su juicio, las métricas inadecuadas han llevado a políticas ineficientes, como la austeridad obsesiva tras la crisis, que hubiesen podido reconducirse con otros medidores. “Es hora de retirar los indicadores como el PIB”, ha escrito más recientemente en The Guardian, a la vista de las tres crisis a las que se enfrenta el mundo: la climática, la de la desigualdad y la de la democracia. “Si medimos lo incorrecto, haremos lo incorrecto. Y debe quedar claro que, a pesar de los aumentos en el PIB, a pesar de que la crisis de 2008 se dejó muy atrás, no todo está bien. Vemos esto en el descontento político que se propaga por tantos países avanzados”.

 

Porque el crecimiento ahora es muy limitado en los países desarrollados y la productividad no está aumentando como cabría esperar con el avance tecnológico. El modelo se agota. El debate no es nuevo, resurge cada cierto tiempo, explica Jesús Fernández-Villaverde, profesor de Economía de la Universidad de Pennsylvania, desde que, como respuesta a la Gran Depresión de 1929, el economista estadounidense Simon Kuznets, el inventor de la contabilidad nacional, crease el PIB para recoger en una única cifra la producción económica de los países para que los Gobiernos se sirvieran de ella para la planificación económica. “Entonces explícitamente se dijo que era una medida económica, no de bienestar. Pero a la gente se le va olvidando e iguala PIB con bienestar”. Y ahora vuelve a reaparecer otra vez de la mano de Stiglitz y de la OCDE. El problema —sostiene— es que no está tan claro lo que hay que medir y qué peso se le da a cada variable, pues para algunos es más importante la educación y para otros la salud; hay quien quiere poner el foco en la igualdad y quien en la esperanza de vida. Es una cuestión de valores y no hay unos mejores que otros.

 

Los indicadores subjetivos dan miedo y la mitad de los que evalúan el bienestar social lo son, opina el exalcalde de Paraguay y creador de la Fundación Paraguaya, Martín Burt, que ha confeccionado un tablero de decisión basado en 50 variables para que el ciudadano pueda elaborar a través de una herramienta online su plan personal para salir de la pobreza. Y provocan temor entre otras cosas, dice Fernández-Villaverde, porque los políticos los pueden distorsionar. “El PIB no es perfecto, pero es el mejor de los sistemas existentes”, sostiene.

 

El profesor es partidario de añadir métricas a las existentes, pero no participa de la idea de encontrar un agregado único de todas esas variables. “Me parece muy bien reportar cada vez más números, aunque creo que el súper PIB que intenta encontrar Stiglitz vaya a poder ser. Entre otras cosas porque muchos indicadores sociales se revisan con una frecuencia muy baja”, añade.

 

“Uno de los elementos más importantes de la discusión es si se va a tratar o no de un menú de indicadores o si se van a integrar en uno solo. No soy muy amiga de presentar un indicador agregado porque oculta muchas cosas”, apoya Nora Lusting, profesora de la Universidad de Tulane (EE UU).

 

Las limitaciones más importantes del PIB son que deja fuera el trabajo doméstico, —que tiene su peso social por cuanto condiciona la igualdad de género— y que no considera el daño ambiental sobre la deuda y los activos financieros, que arrojaría un menor crecimiento económico si lo hiciera, aprecia Raymond Torres, director de Coyuntura y Análisis Internacional de Funcas. El medio ambiente es precisamente donde se detectan por primera vez los cinco mayores riesgos globales, según el Foro Económico Mundial que se ha reunido esta semana en Davos. En la localidad suiza el consejero delegado de S&P Global, Douglas L. Peterson, ha señalado que el PIB no recoge tampoco la economía sumergida o la evasión de impuestos, que en muchos países pueden representar hasta el 35% del PIB. Pero es un indicador crítico para las decisiones de inversión, dijo.

 

Otros barómetros como el coeficiente Gini, estándar mundial para calcular el grado de desigualdad de los países, tienen grandes fallos, indica Lusting. “No se está captando bien el ingreso de los ciudadanos y por eso no sabemos cuál es el grado de desigualdad real y cómo evoluciona. Necesitamos las declaraciones anonimizadas de impuestos para calcularlo. Pero solo el Gobierno de Uruguay facilita esta información”, explica. Además, todos indicadores de desigualdad usan la desigualdad relativa, cuando las diferencias absolutas son las que crecen.

 

Los nuevos marcadores del progreso han de reunir al menos tres ingredientes, en opinión de Bruno Lanvin, director de Índices Globales de la escuela de negocios Insead: detectar el sentimiento de la gente, que se puede medir a través de su comportamiento; ser dinámicos para poderse comparar en el tiempo y, lo que es más complicado, incorporar los objetivos de la sociedad, que no son los mismos en Occidente que en los países en desarrollo, ni en las ciudades que en las zonas rurales. Según Lanvin, los economistas que confeccionan índices los están revisando actualmente por el avance de la tecnología, del big data, y por el factor humano.

 

“Nos movemos de una economía tradicional a una economía digital y debemos introducir variables digitales en los indicadores. El acceso a la tecnología puede ser uno de los primeros elementos de exclusión social. Hay que repensar los índices”, opina Antonio García Zaballos, asesor de telecomunicaciones del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). “Debemos dar respuestas a los políticos, que necesitan evaluar el progreso ciudadano cuando el crecimiento del PIB es bajo como hoy, e identificar nuevas fuentes de expansión”, dice Lanvin.

 

La UE busca fórmulas para que cuando se mida el crecimiento económico no se pierda de vista el bienestar. El Fondo Monetario Internacional también habla de ello. El examen que pasan los países europeos incluye también el análisis de un conjunto de indicadores laborales y sociales, a los que la Comisión Europea planea incorporar objetivos medio ambientales, como el Banco Central Europeo. Los ministros de Economía de la UE han discutido cómo fortalecer los vínculos entre la política económica y las decisiones en materia de calidad de vida. En la reunión en el consejo de esta semana han debatido las políticas que ve prioritarias para 2020: la sostenibilidad, la productividad, la estabilidad económica y la justicia social. Pero a pesar de ese esfuerzo, el nivel de exigencia con las políticas sociales no es tan estricto como en la esfera de las finanzas públicas, informa Lluís Pellicer. Al fin y al cabo, el PIB sigue mandando.

 

GABRIELA RAMOS (OCDE): “A LOS PODERES FÁCTICOS NO LES GUSTA UN ANÁLISIS MÁS ALLÁ DEL PIB”

Gabriela Ramos, directora de gabinete y 'sherpa' de la OCDE.

Gabriela Ramos, directora de gabinete y 'sherpa' de la OCDE.

La globalización ha sido una fuente de gran progreso, de integración y avance tecnológico, pero también una fuente de gran desigualdad”. El 40% de los países miembros de la OCDE no han visto mejorar sus ingresos disponibles durante las dos últimas décadas, sostiene Gabriela Ramos directora de gabinete y sherpa de este organismo. Ante este agotado modelo, la OCDE ha desarrollado un marco de indicadores de bienestar, donde los intangibles ocupan un lugar muy destacado para dar con una radiografía clara de la situación de la gente. La OCDE lleva 10 años trabajando en su índice de bienestar en el que se incluyen temas redistributivos y el impacto del medio ambiente, “pero existen muchos intereses creados que quieren seguir maximizando los beneficios y muchos poderes fácticos a los que nos les interesa este análisis más allá del PIB”, sostiene la mano derecha de Ángel Gurría, presidente de esta organización.

 

Pregunta. ¿Cuándo cree que podría estandarizarse el indicador de bienestar?

 

Respuesta. De momento, nuestro índice está en la web de la OCDE pero con variables no ponderadas porque somos una organización cautelosa. El primer paso ha sido construir el marco basado en condiciones materiales, de calidad de vida y de sostenibilidad, que pondera la gente, para ver cómo se refleja el bienestar de los distintos grupos de población. No en promedio, pues los promedios revientan la comprensión del entorno y hacen ineficientes las políticas públicas. Y queremos que en un futuro sea igual de útil de lo que ha sido el PIB para poder reemplazarlo. Pero necesitamos decidir cómo ajustar a las cuentas nacionales el impacto ambiental, cómo se traduce en menor crecimiento y prosperidad, y cómo contabilizar la falta de confianza de la gente en las políticas económicas.

 

P. ¿Qué países apoyan esta iniciativa?

 

R. Sobre todo de Europa. Dinamarca, Holanda, Suecia, Finlandia, Noruega, Francia y el Gobierno de España también. Pero es Nueva Zelanda quien ha saltado de la reflexión intelectual a hacer una definición distinta del desarrollo para beneficiar con sus presupuestos a la población más vulnerable e invertir donde más se necesita. Un presupuesto basado en el bienestar eleva automáticamente la eficacia de las políticas públicas.

 

P. ¿Esperan que se convierta en un indicador agregado como el PIB?

 

R. Debería serlo con el tiempo. Pero de aquí a que lleguemos, me conformaría con que los ministros de finanzas considerasen el impacto ambiental y social a la hora de implementar sus decisiones. Porque seguimos con la narrativa de que el crecimiento económico funciona en todas las esferas. Se ha vuelto el objetivo último en vez del fin para conseguir el bienestar de la gente, que no hemos logrado. Y ver las cosas por compartimentos tiene sus desventajas: el aumento del populismo, de los nacionalismos, la falta de apoyo multilateral… Es el resultado de una sociedad enojada. Y eso trae fractura social, que no es buena para el crecimiento.

 

P. ¿Cómo pueden las instituciones recuperar la confianza y atajar el auge de los populismos?

 

R. La confianza social en los países de la OCDE está tan baja porque la gente percibe que el crecimiento económico ha sido injusto y que las autoridades no han cumplido. En la medida en que se empiecen a producir los reequilibrios se recuperará. Es el momento de intervenir para no permitir que se imponga la ley de la selva con mercados fuera de control. La mayoría de los países están pensando cómo hacerlo, el problema es que otros están en manos de liderazgos populistas, elegidos legítimamente, que toman decisiones totalmente opuestas. Hay que tener mucho cuidado. Es un tema de resultados y las políticas actuales ni siquiera han tenido impacto positivo en el crecimiento.

 

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Las algas con las que se elabora el Sushi pueden ser peligrosas en exceso.

  • Publicado en Salud

El boom de la comida asiática ha popularizado entre los españoles una serie de alimentos poco comunes en nuestras cocinas: los brotes de bambú, de soja, el edamame, las algas, el miso o el tofu. Su demanda va en aumento, de ahí que se puedan comprar sin hacer malabares en el supermercado del barrio. También lo pone cada vez más fácil la variada oferta de restaurantes japoneses. Pero, ojo con el consumo de algas. Aunque se trata de un alimento muy nutritivo y que aporta pocas calorías contiene cadmio, un metal pesado que puede ser peligroso para la salud, por lo que se recomienda no pasarse con este alimento. 

Hasta ahora se conocía que a través de las algas se podía consumir una cantidad elevada de yodo y arsénico. Ahora también hay que tener cuidado por el cadmio. Según explica la web del Ministerio de Sanidad, el cadmio tiende a acumularse en el organismo, principalmente en el hígado y riñón, durante un tiempo estimado de 10 a 30 años, y es tóxico para el riñón. Su acumulación puede causar disfunción renal, desmineralización de los huesosfallo renal o incluso cáncer. De ahí que la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC) lo haya clasificado como un agente cancerígeno para los humanos. También está considerado como mutagénico y tóxico a nivel reproductivo.

Al igual que ocurre con el mercurio, el cadmio se encuentra en el medio ambiente de forma natural, aunque su liberación a la naturaleza se ve aumentada por la acción del hombre a través de la actividad industrial y agrícola. Penetra fácilmente en las plantas a través de las raíces y entra así en la cadena alimentaria.

Pero además de las algas, el cadmio se encuentra en otros alimentos populares de nuestra dieta. Por ejemplo, se dan niveles altos en los crustáceos. Como señala el Ministerio, en España además de la parte "blanca" (donde la presencia de cadmino se considera baja) se consumen otras partes de los crustáceos como la cabeza de las gambas, langostinos, cigalas y el cuerpo de los cangrejo, cuyos niveles de cadmio son altos, ya que este metal se acumula sobre todo en el hepatopáncreas, que forma parte del aparato digestivo y se localiza en la cabeza. De aquí que la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición recomiende en Navidad que se evite chupar la cabeza de las gambas. La cantidad total de este metal cuando se consume la cabeza es cuatro veces mayor a la que se obtendría si solo se come el abdomen de la gamba. 

Entre los productos vegetales, el cacao, las setas silvestres y las semillas oleaginosas son los que cuentan con los mayores niveles de este metal. Pero que no cunda el pánico, para que los mencionados alimentos no pongan en riesgo la salud de las personas, la normativa europea ha establecido la cantidad máxima que pueden contener algunos alimentos, como ciertos tipos de carne, pescado, crustáceos, legumbres, cereales, hortalizas, cacao... aunque no es así en el caso de las algas. 

Según destaca la OCU, en el caso de las algas, que también contiene altas concentraciones de cadmio, aún no hay un nivel máximo regulado en la UE, aunque "ya está considerando establecer límites legales" para el cadmio y también para otros metales como arsénico y plomo. 

Aún no existe un máximo legal

Así lo recoge la Recomendación 2018/464 de la Comisión Europea relativa al control de metales y yodo en las algas marinas, que señala que "en la actualidad no hay contenidos máximos de estas sustancias establecidos para las algas y las plantas halófilas". El texto concluye que, dado que su consumo es cada vez mayor en los países europeos y que los datos ponen de manifiesto que contienen "concentraciones significativas de arsénico, cadmio, yodo, plomo y mercurio", la Comisión recomienda evaluar la necesidad de "establecer límites máximos" para estos productos. 

En este contexto, desde la Agencia Francesa de Seguridad Alimentaria (ANSES) recomiendan que la concentración máxima sea lo más baja posible. "Como los consumidores ya están expuestos al cadmio en su vida a través de los alimentos o la inhalación activa y pasiva del humo del tabaco, la agencia recomienda establecer la concentración máxima de cadmio en las algas comestibles en un umbral lo más bajo posible", señalan en su web.

Según datos recopilados por la ANSES, la algas destinadas a la alimentación contienen, en casi una cuarta parte de las muestras analizadas, concentraciones superiores al contenido máximo de 0,5 miligramos por kilogramo en seco recomendado por el Consejo Superior de Higiene Pública de Francia (CSHPF). Para que no se supere la ingesta diaria tolerable, la ANSES propone un contenido máximo de 0,35 miligramos por kilogramo de materia seca en las algas comestibles.

Este contenido aseguraría, en el 95% de los casos, que no se superase la ingesta diaria tolerable, según apunta esta institución. "Dado que las algas contribuyen en gran medida a la exposición al cadmio para quienes las consumen, tal contenido reduciría la contribución de las algas a la ingesta diaria tolerable al 11,5%, mientras que actualmente se encuentra en el 19% en las observaciones", apunta la ANSES.

Pero algas hay de muchos tipos, ¿cuáles son las que contienen una mayor concentración de este metal? Según destaca la agencia, la cocentración es particularmente elevada en las macroalgas marrones como el wakame, que se añade a las ensaladas, y las rojas como el alga nori, que se utiliza para elaborar los famosos makis, una variedad de sushi. Así, mientras sale adelante o no la legislación europea que establezca unos niveles máximos de cadmio, las autoridades francesas llaman los ciudadanos a consumir este alimento con moderación. 

 
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La comedia del populismo

Hace unos días el presidente Trump concedió una entrevista al reportero australiano de Axios, Jonathan Swan. Es un retrato invaluable no solamente del patán que ocupa la Casa Blanca, sino de ese estilo argumentativo del populismo que se convierte, involuntariamente, en material cómico. Algunos videos han agregado tonaditas de comedia para subrayar lo risible, pero, a decir verdad, es innecesario. No hay que agregarle nada para registrar el valor cómico de su actuación.

El presidente Trump insistía, contra toda evidencia, que su país ha manejado admirablemente bien la crisis sanitaria y para ello sacó del guante un papelito que pretendió usar como prueba irrefutable. La gráfica que mostraba contrastaba casos y muertes, pero se desentendía de lo crucial: la proporción de muertes que toma en consideración la población. El orgullo de Trump es, por supuesto, absurdo. La clave para valorar la política sanitaria de un país es, en efecto, la cantidad de muertos por habitantes. Pero Trump se aferra al dato insignificante, como si pudiera salirse con la suya. Su cinismo es desorientación extrema. La máxima eficacia cómica aparece cuando el embustero se aferra a la mentira que nadie cree, cuando se desprende de todo estorbo de decencia para insultar al admirable y cuando se glorifica sin pudor alguno.

La entrevista parece, en efecto, entresacada de un programa cómico. El personaje es un sujeto sin ningún respeto por la verdad, un hombre de limitadísimo vocabulario que repite una y otra vez elogios a sí mismo y que miente con la naturalidad con que respira, exhibiendo reiteradamente su incapacidad para procesar la realidad palpable. Se describe como el hombre más valioso del universo, como el mejor jefe del mundo, al tiempo que revela su incompetencia, su ignorancia, su insensibilidad y su vanidad. Las afirmaciones de Trump no son, como las de tantos políticos, maniobras retóricas para encontrar el perfil más ventajoso. No son apuestas al olvido ni promesas que puedan llegar a incumplirse en un futuro próximo. Son mentiras grotescas y rotundas. Al momento que se emiten, son ya insostenibles. Son mentiras de un nuevo tipo, dice Masha Gessen, cuyo libro más reciente comenté hace poco. Son las mentiras que no tienen como propósito esconder o maquillar. Lo que buscan es demostrar que el poder lo tiene él y que por ello puede decir cualquier cosa. Decir, por ejemplo, que Estados Unidos lo ha hecho bien en la lucha contra el contagio, cuando es el país con mayor número de muertes en el mundo.

Digo que la entrevista parece acto de comediante, porque la disonancia entre las expectativas que tenemos de quien dirige un país y lo que expresa ese hombre no podría ser mayor. Negación flagrante de la realidad, utilización de datos absurdos para hilvanar argumentos insostenibles; un brutal desprendimiento afectivo que se aferra a sus limitadas fórmulas verbales. Ante la muerte de un admirado héroe de la lucha por los derechos civiles, el comediante tiene el atrevimiento de decir: ese fulano no vino a mi fiesta.

Las marcas de esa comedia trumpiana son, tal vez, señales del involuntario humorismo populista. Hay ahí riquísimos materiales para la comedia: apelar a una realidad alternativa que nadie más registra; invocar el mismo cuento sea cual sea la circunstancia; aferrarse al extravío denunciando que el resto del mundo está perdido y conspira contra la justicia; emplear un discurso de identidad que se desprende de cualquier consideración lógica; venerar la estatua del caudillo que encarna al Pueblo, la Historia y la Moral. Nuestro standup matinal sigue una pista parecida. La función cotidiana del egocentrismo es el espectáculo de un hombre perdido que no se da cuenta que está perdido. Un hombre que ha dejado de saber qué suelo pisa y que repite, como si fueran hallazgos de su creatividad genial diez frases y cuatro cuentos. En cada función, el protagonista reclama para sí el sitio de la inmortalidad, al tiempo que muestra su inhabilidad para formar un equipo y administrar un presupuesto. Y así pregunta el comediante supremo: ¿de qué se quejan los burócratas si no tienen una computadora? ¿Protestaba Benito Juárez por la calidad del internet? (Las risas que se escuchan no son grabadas porque las aportan sus patiños.)

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