¡Misión cumplida! La última batalla del Escuadrón 201

El viernes 23 de febrero de 1945, mientras en la isla de Iwo Jima, el fotógrafo Joe Rosenthal se preparaba para captar la legendaria imagen que pronto se convertirá en el icono de valentía y pundonor militar en la Segunda Guerra Mundial, a más de 10 mil kilómetros de allí, en la Base aérea de Major´s Field, Texas, el abanderamiento de los integrantes de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana, Escuadrón de Pelea 201, está a punto de iniciar.

El general Antonio Cárdenas, comandante del Escuadrón mexicano, encabeza el ceremonial. Le acompañan destacados miembros del ejército y la fuerza aérea del país anfitrión, en el cual, por varios meses los pilotos han recibido un intenso entrenamiento, que tampoco ha estado exento de trágicos acontecimientos. En tono casi paternal, un recio instructor militar estadounidense palmea la espalda del piloto Mario López Portillo, y como en acto premonitorio, comenta para sí, en voz baja:

-What a pity… Too young for die. (Lástima. Demasiado joven para morir).

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Zócalo de la ciudad de México, 16 de septiembre de 2015. Setenta años después, sólo un puñado de sobrevivientes -acaso una docena de ese grupo de 290 elementos de la Fuerza Aérea mexicana que luchó ametrallando posiciones japonesas en las Filipinas en la Segunda Guerra Mundial-, desde un vehículo especialmente acondicionado, hoy saluda con emotiva gratitud a los miles de espectadores conmovidos por su participación, durante el desfile militar que este miércoles conmemora el centenario de la creación de la Fuerza Aérea Mexicana.

Complacidos, el veterano grupo de militares devuelve el espontáneo saludo a las graderías y a la multitud, que situada detrás de las barreras metálicas, les brinda su apoyo y reconocimiento e intentan llegar hasta el camión para tratar de estrechar las manos de esos viejos y cansados hombres, a quienes las calurosas y francas manifestaciones de afecto y reconocimiento, los hacen sentir jóvenes otra vez

A su paso frente a Palacio Nacional y Catedral, el entusiasmo no disminuye; por el contrario, la ovación se incrementa y las pequeñas banderas cobran renovado vigor, desde las aceras, techos y balcones de edificios públicos y hoteles, energía que no apaga ni el estridente paso de los reactores de los aviones F-5 que despliegan una vistosa estela tricolor por sobre el cielo plomizo, sin sol, de la milenaria explanada.

El vehículo militar transporta al capitán segundo Luis Guzmán Reveles -quien porta una réplica de la bandera del agrupamiento que fue izada en Filipinas-, y al sargento segundo Fernando Nava Musa. A sus costados, los sargentos primeros Francisco Sierra

Ochoa y Horacio Castilleja Albarrán; los tenientes Ricardo Tinoco Lima y Heriberto Cañete López y el capitán primero José Arroyo García.

Algunos no pueden evitar el peso de la emoción, ni tampoco que las lágrimas se deslicen por sus rostros y humedezcan los flamantes uniformes que les fueron obsequiados por la Secretaría de Defensa Nacional para participar dignamente en el cortejo militar; una reproducción exacta y a la medida, de la vestimenta oficial que utilizaron en su misión en el extranjero en 1945 y con la cual fue sepultado, hace apenas 4 días, el capitán Manuel Cervantes Ramos, uno de los más entusiastas en preservar el legado del Escuadrón 201. Su hijo, el también capitán piloto aviador, Raymundo Cervantes Ruano, evocará con nostalgia el hecho de que su padre no pudo estar presente en este relevante ceremonial para los miembros de la agrupación.

Tampoco pudieron asistir los sargentos Othón Gutiérrez Medina y Maximiliano Gutiérrez Marín, el teniente Jesús Silva Ruelas, y el coronel Carlos Garduño Núñez, el único piloto que aún sobrevive.

En el moderno automotor de la Fuerza Aérea, sentados, viajan también los sargentos segundos, Humberto Gamboa Montoya y Arnulfo Vieyra Pozas. De pie, el subteniente Juan López Murillo y el sargento primero Fortino González Gudiño.

-A nuestro paso, durante el desfile, la reacción popular fue conmovedora y apoteósica, muy similar a la que recibimos a nuestra llegada a México el 18 de noviembre de 1945, pero extrañamente, quizá por el tiempo transcurrido, sentimos que ésta había sido al doble. Nos conmovió el fervor y la respuesta de la gente que trataba de acercarse al camión para entregarnos algunos claveles y rosas, lo que provocó emociones incontrolables en mis compañeros y en mí. Pude ver como muchos de ellos, al igual que yo, no pudieron contener las lágrimas -me comenta Fernando Nava Musa, ingeniero de profesión y el motor principal del reconocimiento a la labor desarrollada por el Escuadrón 201.

Luego, reseña que al pasar frente al balcón presidencial, los integrantes de la escolta saludaron al jefe del Ejecutivo y Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas Mexicanas e inclinaron la bandera del 201, gesto al que correspondió con un saludo marcial Enrique Peña Nieto.

“Esta bandera, luego de un acuerdo con mis compañeros y el general Salvador Cienfuegos, le será entregada al presidente el próximo 18 de noviembre, en una solemne ceremonia, para conmemorar el retorno del Escuadrón 201 a México”, comparte Nava Musa.

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15 de septiembre de 2015. Hotel del Ejército y la Fuerza Aérea Mexicana. La víspera del festejo militar, por entre el sobrio edificio de Lomas de Sotelo, al norte de la ciudad de México, comienzan a deambular los sobrevivientes del legendario contingente aéreo, en compañía de sus esposas, hijos, nietos e incluso bisnietos. Algunos visten de forma casual y otros portan con orgullo sus casacas reglamentarias a las que han adosado algunas insignias alusivas al grupo de sobrevivientes, además de los galardones obtenidos por derecho propio, al poner fuera de combate a más de 30 mil japoneses.

Sus acciones en la Segunda Guerra Mundial, durante largo tiempo arbitrariamente escatimadas por la historia oficial militar en México, al término del conflicto bélico internacional fueron reconocidas de forma muy positiva por los generales Henry H. Arnold, comandante de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, Douglas McArthur, comandante en Jefe de las Fuerzas Aliadas en el Pacífico, y el mismo presidente Harry Truman.

Hoy, el trato de exclusión que el gobierno mexicano les dio durante varias décadas, luego de su regreso a México, parece haber llegado a su fin. Es una nueva y respetuosa relación con los altos mandos militares y la presidencia de la República, y su pleno reconocimiento como héroes de la Segunda Guerra Mundial; las últimas figuras de la única conflagración internacional a la que México ha enviado sus tropas, luego de haber declarado la guerra a las potencias del Eje, el 28 de mayo de 1942.

Provenientes de diversos puntos del país, desde la tarde del martes y a convocatoria del general-secretario Salvador Cienfuegos Zepeda, los veteranos combatientes fueron hospedados en el Hotel del Ejército y la Fuerza Aérea Mexicana, en las instalaciones de la Secretaría de la Defensa Nacional en la ciudad de México.

Una cena ligera fue el preámbulo de la importante cita que al día siguiente, desde las 7 de la mañana, tendría lugar nuevamente en el restaurante del establecimiento militar y que también posibilitó un encuentro emotivo de los veteranos con sus familiares y amigos.

El encuentro de los integrantes del Escuadrón en la ciudad de México, no pasó desapercibida y fue también del interés del Almirante Bill Gortney, jefe del Comando Norte de la milicia de los Estados Unidos, de visita con su esposa Sherry en nuestro país. A petición suya, se reunió con Fernando Nava Musa y Ricardo Tinoco Lima en el hotel Intercontinental de Polanco, donde los felicitó por su valentía y gran labor en combate al lado de las tropas aliadas. Él les obsequió una medalla personal de su administración, y a su vez, ellos le entregaron un pin del Escuadrón 201, que el consideró una valiosa remembranza y de inmediato pidió se lo colocaran en la solapa.

Los dossieres del Ejército, la Fuerza Aérea y la Marina de los países que conformaron el bloque contra las potencias del Eje, certifican el valiente y destacado accionar del grupo de combatientes mexicanos en el frente de guerra del Pacífico, por encima de los comentarios sarcásticos, las leyendas negras, las burlas y mitos, que aún hoy prevalecen sobre su participación en el conflicto bélico, en la zona filipina, donde el general japonés Tomoyuki Yamashita, El Tigre Malayo, comandaba a 84 mil hombres, perfectamente entrenados y pertrechados.

Fueron más de 90 misiones de bombardeo y ametrallamiento en la zona oriental de Manila, el río Cagayán y la isla de Formosa, a bordo de los recios aviones Thunderbolt P-47.

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La mañana del miércoles 15, algunos con parsimonia, otros en sillas de ruedas, pero casi todos con gallardía, sobreponiéndose a los padecimientos propios de su edad -pues la mayoría rebasa los 85 años-, se someterán a un check-up de los médicos de la Fuerza Aérea Mexicana que se les han asignado, para prevenir cualquier eventualidad durante el desfile militar que tendrá lugar exactamente dentro de 4 horas y que les exigirá un

esfuerzo físico extra. Varios de entre ellos, a regañadientes, aceptan la propuesta; otros, desdeñan el ofrecimiento y se aprestan a desayunar con desenfado. El temor no es una palabra que gravite todavía en su vocabulario.

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Hasta hace más de una década, aún sobrevivían 80 integrantes. En el 2000, a convocatoria del hoy sargento segundo Fernando Nava Musa -el elemento más joven del Escuadrón, quien con sólo 15 años y mil peripecias logró ser aceptado como soldado raso dentro del grupo-, se dieron a la tarea de preservar la memoria de sus compañeros participantes y erigir un hemiciclo en Chapultepec, donde ya se hallan las urnas que contienen los restos de José Espinosa Fuentes (5 de julio de 1945) y Mario López Portillo (21 de julio). El piloto Fausto Vega Santander había fallecido durante un entrenamiento el 1 de junio. En tanto, los cuerpos de Héctor Espinosa Galván (16 de julio) y Pablo Luis Rivas Martínez (19 de julio) nunca fueron recuperados. El mar del Pacífico fue su tumba.

Reunidos para esa ocasión, los sargentos Raúl Vargas Gómez y Alfonso Cuellar Ponce de León, el capitán Manuel Cervantes Ramos y el piloto Joaquín Ramírez Vilchis, se dolían todavía del olvido y la indolencia gubernamental mostrada hasta ese momento, hacia los integrantes del Escuadrón. Sus razones fueron expuestas por vez primera en un reportaje que La revista de México/Gentesur publicó en junio de ese año. A sus reclamos se sumaron las voces de los sargentos Alfonso Cuéllar y Pedro Martínez; de los capitanes Fernando Vergara y Alfredo Chávez; del teniente Bernardino Mendoza Hernández y los subtenientes Enrique Molina Pérez y Eugenio Pérez Fernández, sus compañeros de batalla.

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Desde su regreso a México, el 18 de noviembre de 1945, cuando miles de personas se agolparon en las calles del centro de la capital del país para darles una entusiasta recepción, los integrantes del Escuadrón 201 no volvieron a ser objeto de un reconocimiento popular, semejante al que se les otorgó durante la reciente parada del pasado miércoles.

Sin explicación de por medio, durante 70 años, los jerarcas militares y políticos que sucedieron al gobierno de Manuel Ávila Camacho, les negaron la oportunidad de formar parte del tradicional desfile militar.

Empero, esta vez han contado con el apoyo de las fuerzas armadas mexicanas y del propio presidente Enrique Peña Nieto, quien al término del desfile los convocó a una comida en el Campo Militar Número Uno.

-La comida fue un verdadero banquete para los 8 integrantes que pudimos asistir -rememora Nava Musa-. Fue un inolvidable encuentro al que asistieron exclusivamente miembros del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea Mexicana. Todos se sorprendieron de nuestra presencia y vigor durante el desfile, y por instrucciones del general Salvador Cienfuegos, fuimos ubicados de forma individual en 8 mesas distintas, para tener oportunidad de convivir con militares de todos los rangos y todas las edades, que aún vestían los uniformes oficiales y de combate con los que habían desfilado; incluso, los de las fuerzas especiales con sus caras pintadas y uniformes de camuflaje.

“Quedamos gratamente impresionados, pero más impactados por el cariño que los elementos de la milicia nacional le profesan al general Cienfuegos, a quien afectuosamente llaman “el secretario tropero”, como en el argot militar le decimos al oficial o jefe que se preocupa porque el personal a su mando disponga de las condiciones más adecuadas para el desempeño de su trabajo y sobre todo por su seguridad. En una palabra, que se preocupa por su tropa”, comenta y agrega:

“La convivencia de los veteranos con los jóvenes militares, hombres y mujeres, fue muy significativa”.

Los miembros del Escuadrón, tardaron luego casi 2 horas en salir hacia el autobús azul - identificado al frente con el dibujo del personaje de Pancho Pistolas, de la película Los tres caballeros Walt Disney-, que los esperaba para trasladarlos de nueva cuenta hacia el hotel, porque “decenas de elementos, de todas los rangos, edad y sexo, se acercaban para solicitarnos un autógrafo y tomarse una fotografía con nosotros; para ellos, decían era la única oportunidad de tener un recuerdo, de poder convivir con grandes héroes, como nos llamaban”.

-No, los verdaderos héroes son ustedes, les dijimos, porque a diferencia nuestra -que luchamos contra un enemigo con rostro, bandera y principios, que también peleaba por su patria-, ustedes se enfrentan hoy a un adversario más peligroso, como el narcotráfico, que no tiene rostro, ideales, ni bandera.

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Para Fernando Nava Musa -quien el 10 de agosto de 1945 en el conmutador del campamento mexicano en Filipinas, recibió en inglés la noticia de que Japón había firmado su rendición luego del ataque atómico contra Hiroshima y Nagasaki ocurrido 4 días antes y corrió de inmediato a informarlo a sus superiores-, aún quedan capítulos por cerrar en esta historia de pundonor y valentía, que por décadas el maniqueísmo político intentó inexplicablemente borrar de la memoria nacional.

Sin embargo, está plenamente consciente que hoy el principal enemigo del Escuadrón 201 es el tiempo mismo. Sabe que les resta poco y la lucha debe centrarse en terminar de romper con los mitos y el menosprecio al que por largo tiempo estuvo sometida la participación en la Segunda Guerra Mundial de las llamadas Águilas aztecas, como sus compañeros de armas estadounidenses los bautizaron.

El hombre se desplaza por la habitación valiéndose de un bastón de madera, color café y mango antideslizante de caucho negro, que utiliza en tanto se repone totalmente de una operación de cadera que enfrentó hace algunos meses y le impide todavía desplazarse con los habituales y vigorosos pasos que se cuentan entre sus rasgos distintivos. Se acerca hasta la mesa, ya repuesto del ajetreo que ha significado ser el eje aglutinador y coordinador de esta empresa.

-Parece que finalmente todo el esfuerzo realizado ha valido la pena -le comento.

Nava Musa deja atrás los imprevistos y los sinsabores que por algunos momentos amenazaron con empañar el evento. Entrecerrando los ojos, casi risueño, exclama satisfecho:

-Sí, la jornada de hoy ha sido intensa, pero grandes cosas se han logrado esforzándonos de esta manera. Aunque nunca faltan los problemas, ni la aparición de ciertos

oportunistas que sin méritos han intentado utilizar para su beneficio del nombre del Escuadrón 201, en estos años -y aún a costa de nuestro patrimonio personal-, conseguimos por ejemplo, que los restos de nuestros compañeros muertos en combate reposen ya en el hemiciclo, así como promovimos el decreto para que cada 2 de mayo la bandera nacional se ize a media asta en todo el país, como recuerdo a la primera vez que nuestra enseña nacional ondeó en las Filipinas.

Luego reconoce con franqueza:

“Seguramente muchas cosas ya no las podremos realizar, pues somos hombres viejos y la mayoría de mis compañeros -aunque fueron soldados combatientes-, no cuentan ya con la capacidad física, ni con recursos económicos para movilizarse y llevar a buen término nuestro cometido.

“No obstante, no nos quejamos; se ha hecho mucho” -dice y recalca que “el que por instrucciones del alto mando, particularmente del general Cienfuegos nos hayan permitido participar con nuestra bandera en el desfile, ha sido un gran logro. De ahí que en lo que concierne a nuestro objetivo por el día de hoy, podemos reportar: ¡Misión cumplida!”, exclama el viejo guerrero, llevando la mano en posición de saludo militar hasta su frente.

(RECUADRO)

La vida del Escuadrón 201 en Filipinas

Norma Inés Rivera

En las montañas de Luzón, la isla en la que se ubicaron las bases aliadas, los japoneses habían conformado su reducto al mando del general Tomoyuki Yamashita, ocupando poco más del 90 por ciento del archipiélago.

El miedo era permanente. Los ruidos, para quienes no estábamos acostumbrados al fragor del combate, crispaban los nervios”, comenta Fernando Nava, acompañado de Luis Guzmán Reveles.

Las explosiones cotidianas mantuvieron en vilo a los integrantes del Escuadrón, quienes, sin embargo, entre órdenes, cartas a familiares o novias y la suplencia de noches bohemias a través de una guitarra y una que otra botella de vino, supieron paliar el temor a la muerte.

“A escasos 3 días de nuestro arribo -recordaba Manuel Cervantes-, los disparos nocturnos intermitentes, a más de uno nos hicieron recordar las festividades de La Santa Cruz, pero allí, en Luzón, entre la maleza y el enemigo, sabíamos que no eran cohetes, ni las explosiones de fuegos artificiales. Era la guerra. Y ahí estábamos, sin tiempo para quienes en su interior hubieran querido arrepentirse.

Un mes después, nuestros pilotos habían volado 35 misiones de combate con resultados calificados como satisfactorios -la mayoría- y varias veces con excelencia. La tarea de

nuestros compañeros mecánicos y armeros fue ininterrumpida; en varias ocasiones los aviones regresaron a la base con impactos de la artillería enemiga.”

“Cuánta tristeza nos da escuchar expresiones o historias absurdas en torno de nuestra participación. “¿Son aviones del escuadrón mexicano? A ésos no les disparen, ellos caen solos” –he oído más de alguna vez, cuando lo cierto es que nuestros pilotos contaron siempre con el reconocimiento de los otros escuadrones por su destreza y valentía. Tampoco fuimos los Rambos mexicanos, pero el escuadrón estaba conformado por hombres pertenecientes a todas las armas del Ejército y se les seleccionó de entre los mejores preparados”, señalaba el sargento Vargas Gómez.

"Nuestro contingente militar contaba con médicos, enfermeros, cocineros, pilotos, mecánicos, radioperadores, personal administrativo, transporte, ingeniería, inteligencia y 3 escuadrillas, exactamente igual que los elementos de los aliados, pero también se incorporaron civiles -obreros en su mayoría-, que laboraban en las fábricas de materiales de guerra. Así se habilitó con grado militar a armeros y fundidores", recordaba el capitán Joaquín Ramírez Vilchis, quien voló sobre las montañas Filipinas y la isla de Formosa, ametrallando posiciones enemigas o dejando caer sus poderosas bombas durante muchas misiones, al mando de los controles de su P-47.

“Empero -decía-, las naves que utilizamos inicialmente presentaban graves deficiencias. Eran aviones ya usados y muy peligrosos, como el 528 en que volé y me obligó a aterrizar de emergencia en una isla distante de nuestra base. Ese mismo avión deficiente -a pesar de mis recomendaciones para que fuera reparado a conciencia o retirado de la escuadrilla-, provocó la muerte de José Espinosa Fuentes, a quien prácticamente se obligó a volarlo. Por falta de potencia en el motor se desplomó sobre una estación de ferrocarril".

Mexicanos en acción. Para muchos de los integrantes, los combates contra el enemigo eran algo desconocido. Empero, en tierra, una patrulla al mando del teniente Abundis Cano, enfrentó a un grupo de japoneses, a los que luego de la refriega y herirlos, hizo prisioneros.

Los pilotos, una vez concluido un nuevo período de entrenamiento en Clark Field, con aviones usados iniciaron sus operativos de vuelo, acompañando primero a las formaciones estadunidenses.

En esas acciones resultó muerto el subteniente Fausto Vega Santander. En junio, en tan sólo 27 días, los mexicanos habían completado 35 misiones de bombardeo y ametrallamiento en la zona oriental de Manila y el río Cagayán. Y su experiencia de vuelo aumentó conforme surcaban el aire, pero tuvo que lamentarse la muerte de Espinosa Fuentes. Así también, se lamentó el grave accidente -que le causó graves quemaduras-, del piloto Núñez Gallardo, cuyo avión se desplomó segundos después de despegar de la pista.

El 16 de julio, el piloto Héctor Espinosa Galván, murió durante un amarizaje forzoso en las proximidades de la isla de Biak. El día 19, Pablo Rivas Martínez pereció mientras volaba en medio de una feroz tormenta que lo atrapó entre las islas de Biak y Morotai.

Igual suerte corrió el subteniente Mario López Portillo, mientras regresaba a la base, luego de cumplir una misión de bombardeo.

Los operativos mexicanos se extendieron también a la isla de Taiwán, contra centros de operación de tropas enemigas.

Luego de la rendición de Japón, las hostilidades se suspendieron oficialmente al mediodía del 3 de septiembre de 1945.

Cincuenta días más tarde, los mexicanos, a bordo del Sea Marlin iniciaron su viaje de regreso al puerto de San Pedro, en California, donde fueron recibidos jubilosamente el 13 de noviembre por más de 30 mil personas. Luego, por ferrocarril arribaron a territorio mexicano y en las principales estaciones en su trayecto hacia la ciudad de México fueron ovacionados hasta el delirio.

El 18 de noviembre de ese año, medio millón de hombres, mujeres y niños, tan sólo en la capital del país, fueron testigos de su apoteótica bienvenida desde la estación de Buenavista hasta el Zócalo.

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