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Nos desgarra el alma
El fenómeno migratorio que observamos en la frontera sur es muy distinto al vía crucis que vivieron los refugiados guatemaltecos que, al inicio de la década de los ochenta, abandonaron su país a causa de un movimiento contrainsurgente que costó la vida de miles de inocentes y acentuó la indigencia en esa nación ya históricamente infortunada.
A diferencia de entonces, cuando la gente sólo huía del terror y de las balas, huía para salvar la vida, en la época actual la frontera sur es sin duda la tabla de salvación en la que principia la odisea hacia la otra frontera, la norte, y de allí preparar el gran salto para llegar a la tierra del dólar.
Esa enorme y extraordinaria importancia que enclaustra la frontera sur de México no había sido reconocida hasta ahora. La jerarquía de ella se soslayó en la inercia, en la apatía, en la abulia de gobiernos que pensaron que nunca la frontera sur podría ser punta de lanza de un enorme conflicto social que, inclusive, atentaría contra la gobernabilidad del país.
Al madurar esa política oficial del dejar pasar, dejar hacer, la frontera sur se transformó en un asunto grave que metió a Chiapas en un enorme brete que en términos sociales ha sido más costoso que el conflicto armado de 1994.
El movimiento zapatista fue en realidad más un show mediático que una guerrilla porque, aunque no se pueden soslayar las causas que lo parieron, sólo sirvió para el lucimiento personal de Marcos, para el desfogue de su excentricismo, para exhibir la manicura en sus finas y delicadas manos y, desde luego, para desahogar su frustración social en libelos cuya diatriba, rica en fantasía, extravagancias y ridiculeces, llamó la atención de propios y extraños, principalmente de ligas subversivas del extranjero y de la iglesia mexicana admiradora de la Teología de la Liberación encabezada por el Obispo iconoclasta Samuel Ruiz García.
Y si señalamos las asimetrías entre uno y otro caso es porque en lo que concierne a la frontera sur fue una delgada línea que hizo emerger una gran corriente social formada por el flujo migratorio, a estas alturas implacable, pero con otros ingredientes y vínculos que lo hacen un problema controlable para garantizar la seguridad y la vida de los migrantes y el desarrollo en la región, hasta hace algunos años emponzoñada de violencia y de inseguridad.
En día vivimos una crisis humanitaria global que tiende a complicarse por el fenómeno Trump, su acendrado racismo y su cruel xenofobia. Ríos humanos seguirán corriendo a lo largo del mundo porque hoy las gentes no sólo huyen del miedo y las guerras, también huyen por hambre, en busca de refugio y de comida. –
Tiene razón el obispo de San Cristóbal Felipe Arizmendi Esquivel cuando afirma que con Trump, con muro o sin muro la migración no se detendrá. Ese es el riesgo.
No sabemos lo que viene ni las magnitudes de lo que viene, pero sí creemos que los gobiernos del mundo deben asumir políticas humanitarias integrales para atender este statu quo que nos desgarra el alma. –
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