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Migración: entre la tiranía y la realidad
Después de recorrer la carretera en tráiler, en autobús, pidiendo aventón y por ratos a pie, sorteando audazmente cuanto retén militar y policial se topó en su camino, Juan llegó a la frontera de México con Estados Unidos.
Hizo una larga travesía hacia el país que le brindaría nuevas alternativas de dicha para su familia. Se despidió una tarde nublada de sus hijos y de su esposa; fue un sábado taciturno precisamente el 25 de octubre de 2005.
Tomó su sombrero y llenó con algunos alimentos su morral, donde también llevaba dos camisas y un pantalón viejo y raído por las tantas lavadas en el río.
Por falta de dinero para la odisea y dejarle a su esposa para la despensa mientras él se encontraba ausente, Juan pidió prestado 25 mil pesos a unos agiotistas en la comunidad de El Sabinalito, municipio de Frontera Comalapa.
Pagó 20 mil pesos al pollero y el resto los dejó a Juana María, su consorte. Y así, con el morral en el brazo izquierdo lleno de esperanza, el sombrero de lado, con los huaraches bien puestos y con una sonrisa de felicidad fingida en los labios, dijo adiós al pueblo que lo vio nacer. Tenía entonces 33 años.
Las causas que motivaron a Juan García a emprender el viaje pa´l otro lado eran las mismas que incitaban a todos los coterráneos: las recurrentes crisis económicas sexenales, el agudo trance rural, la fallida reconversión industrial y la escasa oferta laboral.
Pero el 13 de noviembre del mismo año regresó contento porque vería nuevamente a su familia y también arrebujado en la vergüenza de no haber podido alcanzar su objetivo en el país de los sueños.
Su vuelta fue auspiciada por las autoridades de los Estados Unidos que lo agarraron ipso facto, tan pronto había cruzado el apocalíptico Río Bravo, en El Paso, Texas, esas turbulentas aguas que tantas vidas han cobrado.
En el camino se quedaron varios de sus compañeros, unos por las peripecias de la hazaña y otros que se ahogaron en el caudaloso torrente. La tristeza que lo embargaba era por la incertidumbre del futuro que le ofrecería a su familia, ya que regresaba con los bolsillos vacíos y a enfrentar las deudas que hizo antes de partir.
La migración de chiapanecos hacia Estados Unidos comenzó a partir de los años 30. La Selva Lacandona había servido como válvula de escape para la tensión social creada por la falta de tierra.
Las líneas neoliberales trazadas a partir de 1982 con el gobierno de Miguel de la Madrid cancelaron las políticas de protección al campo mexicano. Más tarde las consecuencias del TLCAN, en vigor desde 1994, dejaron sin salida a los productores del campo. Este aprieto obligó a miles de chiapanecos a abandonar sus comunidades y sus tierras.
Si eso fue en 2005, ¿qué será ahora en la era Trump? Muchos especialistas consideran que la migración no se detendrá. Incluso el Obispo de la Diócesis de San Cristóbal Felipe Arizmendi Esquivel así lo cree. –
La migración es un fenómeno global que requiere políticas integrales y humanistas más allá de locuras y tiranías. Si no se hace y entiende así, la humanidad está condenada al holocausto.
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