CFE, Gobierno de Chiapas y senadoras refuerzan colaboración para seguir impulsando el potencial energético del estado, en beneficio de México
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¡Invierte con Mercado Pago y haz crecer tu dinero al máximo!Un fuerte accidente automovilístico se registró durante la madrugada de este lunes sobre el tramo carretero Chiapa de Corzo–Tuxtla Gutiérrez, dejando como saldo a una joven prensada y a su acompañante con lesiones de gravedad.
Los hechos ocurrieron alrededor de las 2:00 de la mañana, cuando un vehículo Volkswagen tipo Gol, color blanco y con placas del estado de Chiapas, circulaba de poniente a oriente sobre dicha vía.
Al llegar a la parte baja del puente El Trébol, el automóvil impactó primero contra el borde de una estructura de concreto. Tras perder el control, la unidad avanzó varios metros hasta estrellarse nuevamente contra una de las columnas del puente.
Debido al fuerte impacto, la conductora quedó prensada entre los fierros retorcidos, mientras que el copiloto resultó con lesiones de consideración.
Paramédicos y cuerpos de emergencia realizaron maniobras de rescate para liberar a la joven, quien fue trasladada de urgencia a un hospital en estado crítico, donde se debate entre la vida y la muerte.
Elementos de Tránsito Municipal acudieron al lugar para realizar el peritaje correspondiente y deslindar responsabilidades. Asimismo, peritos especializados en hechos de tránsito de la Fiscalía General del Estado tomaron conocimiento del percance.
Todo comenzó tras difundirse un video donde el mandatario poblano aparece a bordo de un helicóptero oficial. Lejos de intentar matizar el asunto, Armenta defendió el uso de la aeronave argumentando que la utiliza cuando “se le hace tarde”, rematando con una frase que rápidamente encendió las redes sociales: “Para eso es”.
La declaración no cayó bien. Y no precisamente porque los ciudadanos crean que un gobernador deba moverse en transporte público o llegar caminando a cada evento, sino por el contraste brutal entre el discurso de austeridad que durante años ha pregonado Morena y la realidad de muchos funcionarios que parecen haber olvidado aquello de “primero los pobres” apenas pisan el poder.
Porque mientras miles de poblanos pasan horas atrapados en el transporte público, soportando rutas deficientes, inseguridad y caos vial, el gobernador reconoce sin problema que usa helicópteros oficiales para no llegar tarde. El mensaje político termina siendo devastador: la austeridad parece aplicar únicamente para la ciudadanía, no para quienes gobiernan desde las alturas.
Pero el problema no termina ahí. Después de la polémica, el gobierno estatal decidió reservar la información relacionada con los vuelos oficiales hasta 2031. Una decisión que inevitablemente alimenta la sospecha pública. Porque cuando un gobierno opta por esconder información en vez de transparentarla, deja de tratarse solamente de un helicóptero y comienza a tratarse de confianza.
Y es ahí donde Morena enfrenta uno de sus mayores riesgos: la incongruencia. El movimiento que construyó buena parte de su narrativa criticando los excesos, privilegios y lujos de los gobiernos anteriores hoy comienza a parecerse demasiado a aquello que prometió combatir.
La realidad es que a muchos ciudadanos poco les importa si un político se mueve en camioneta blindada, helicóptero o convoy. Lo que realmente molesta es la desconexión con la realidad de la gente y la facilidad con la que algunos funcionarios justifican privilegios financiados con dinero público mientras el ciudadano promedio batalla diariamente para salir adelante.
Al final, la exigencia social no es compleja: que los gobernantes trabajen, den resultados y mantengan congruencia entre el discurso y sus actos. Porque si algo quedó claro con la frase del gobernador poblano, es que el problema ya no es solo el helicóptero.
El problema es la manera en que el poder termina acostumbrando a muchos políticos a vivir por encima de la realidad que juraron representar.
Durante años, la política mexicana aprendió a convivir con un secreto a voces: el poder del narcotráfico no terminaba en las brechas, laboratorios o rutas de trasiego; también alcanzaba estructuras económicas, empresariales y políticas. Lo verdaderamente excepcional no era la sospecha, sino el silencio institucional que siempre la rodeó.
Por eso el caso de Rubén Rocha Moya representa algo distinto. No por tratarse del primer gobernador señalado públicamente por presuntos vínculos criminales, sino porque ahora el señalamiento proviene directamente de United States, en medio de la peor crisis de fentanilo que ha enfrentado ese país y bajo una presión política interna que exige resultados inmediatos.
Rocha llegó al poder como parte de la consolidación territorial de Morena en el norte del país. Académico, operador político y figura cercana al obradorismo, representaba la estabilidad política en un estado históricamente marcado por la influencia del Cártel de Sinaloa. Sin embargo, la aparente calma nunca logró esconder del todo las tensiones internas, los reacomodos criminales y la creciente percepción de que la gobernabilidad en ciertas regiones dependía más de equilibrios informales que de control institucional real.
La captura y posterior crisis derivada del caso de Ismael “El Mayo” Zambada terminó alterando ese equilibrio. Desde entonces, comenzaron a aparecer filtraciones, testimonios y versiones sobre investigaciones estadounidenses que, según diversas fuentes, no solo buscaban operadores criminales, sino también posibles redes de protección política.
El golpe terminó llegando de manera frontal: acusaciones públicas, investigaciones abiertas y una narrativa desde Washington que parece abandonar definitivamente la vieja práctica diplomática de “cooperación discreta”. El mensaje es claro: Estados Unidos ya no pretende limitarse a perseguir capos; ahora también quiere señalar a quienes considera piezas funcionales dentro del sistema.
El problema para México es profundamente incómodo. Porque aunque jurídicamente aún no exista sentencia ni culpabilidad comprobada, políticamente el daño ya ocurrió. La simple sospecha de vínculos entre gobierno y crimen organizado erosiona instituciones, fractura la narrativa oficial y revive uno de los temas más delicados de la vida pública nacional: la posible normalización de la narcopolítica.
Sin embargo, en medio de la tormenta, también aparece un fenómeno recurrente en la política mexicana: la dispersión mediática. Mientras el caso Rocha escala internacionalmente, comienzan a surgir otros temas capaces de absorber conversación pública y dividir la atención nacional. Uno de ellos fue la reciente declaración del titular de la Secretaría de Educación Pública, quien adelantó posibles modificaciones al calendario escolar antes de un anuncio oficial completo, generando inmediatamente debate en redes, medios y sectores educativos.
No sería la primera vez que una crisis política de gran tamaño termina diluyéndose entre nuevas polémicas, discusiones sociales o agendas paralelas cuidadosamente amplificadas. En México, la velocidad del escándalo suele competir con la velocidad del olvido.
La gran pregunta no es únicamente si las acusaciones contra Rocha prosperarán judicialmente. La verdadera interrogante es si el país está dispuesto a sostener la discusión de fondo sobre la relación entre poder político, crimen organizado y gobernabilidad… o si, una vez más, todo terminará enterrado bajo el siguiente tema viral de la semana.