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Hace unos días alguien me dijo que las campañas electorales se ganan “con buenos y malos”. Tal percepción choca con la pretensión de alcanzar elecciones verdaderamente democráticas, puesto que ésta debe pasar, obligadamente, por la legitimidad de sus actores, más allá de las exigencias morales y éticas a tomarse en cuenta en el momento de decidir quién o quiénes pueden ser parte de una agrupación que busca el poder mediante el sufragio. Es lo idóneo, según los estándares.

 

Lo contrario es restar credibilidad al ya demacrado sistema electoral del país, pero más a los partidos políticos que hoy por hoy, son solo siglas cuyo principal distintivo ha sido la corrupción, el avasallamiento social y la indiferencia absolutista en temas que deben ser atendidos por el bien de México.

En una democracia, los “malos” deben estar en la cárcel o, cuando menos, marginados de toda acción que tenga como fin lograr el bienestar de los ciudadanos. Permitir su inclusión para efectos electorales, es corromper tales procesos. Es permitir el continuismo de la impunidad y las malas prácticas en el ejercicio del poder que ha llevado al país a la profunda crisis —en todos los sentidos-, de la que no saldrá hasta que quienes le han hecho daño, paguen lo justo.

Lo anterior viene a colación porque un personaje de oscuro pasado firmó una especie de “acuerdo de unidad” con el virtual candidato de MORENA a la presidencia de la república, Andrés Manuel López Obrador. Lino Korrodi surgió en el escenario político durante la campaña del expresidente Vicente Fox Quesada, al frente de una organización llamada “Amigos de Fox”.

Bajo ese nombre recaudó decenas de millones de pesos para financiar la campaña del panista, de tal manera que el entonces IFE debió multar al Partido Acción Nacional con millonarias cantidades, tras confirmarse que se rebasaron los topes de gastos establecidos legalmente. A raíz de ello, Korrodi y Fox terminaron peleados.

En su momento, López Obrador, que fungía como jefe del desaparecido Distrito Federal, opinó que no era suficiente la sanción económica, exigió cárcel para el principal financista del candidato del PAN y sugirió la renuncia del ya presidente en funciones, a quien acusó de haber incurrido en un fraude electoral.

No fue sino cuando el operador financiero y el presidente (por presiones de la todopoderosa ex primera consorte, Marha Sahagún) pelearon, que los ataques de AMLO contra Lino Korrodi cesaron.

Y el último, se unió a la campaña contra el desafuero de López Obrador que promovía Vicente desde Los Pinos, derivado de la desobediencia del gobernante de la ahora Ciudad de México, a una determinación judicial por el despojo de un predio a un particular.

Ya antes, en la década de los 90’s, Korrodi y López Obrador habían tenido algunos encuentros; cuenta el mismo empresario tamaulipeco que, siendo candidato a la gubernatura de Tabasco, AMLO pidió la intervención del expresidente para financiar su campaña frente a Roberto Madrazo, quien finalmente ganó la gubernatura de ese estado.

La adhesión del Korrodi es un claro indicio que el dueño de MORENA busca ganar la elección con más “malos” que “buenos”, lo que es lo mismo, alcanzar el poder por el poder, no para sacar a México de la crisis. Curiosamente, muchos foxistas y orquestadores de fraudes electorales de escándalo son los que ahora componen su planilla de “salvadores”:

Manuel Bartlett, orquestador del mega-fraude de 1988 que llevó a la presidencia de la república a Carlos Salinas de Gortari, elección que ganó, legalmente, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Alfonso Romo, también financista de las campañas de Fox y Felipe Calderón, a quien se le señala de haber corrido con los gastos del fraude que obligó a AMLO a declararse “presidente legítimo”.

Fernando González, reconocido mapache del PRI, experto en elaborar fraudes electorales, yerno de Elba Esther Gordillo; Alfonso Durazo, exsecretario particular de Vicente Fox, acusado de presionar a las autoridades del IFE para alterar boletas en el año 2006, a favor de Calderón Hinojosa. La lista de malosos es larga, muy larga.

 

Todo ello arrastra al electorado a la desconfianza. Puede que AMLO sea buen prospecto, pero la gente de la que se rodea no goza de ninguna credibilidad. Puede que AMLO sea bienintencionado, pero sus asesores y financistas, no son confiables…

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