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De los editores

LOS AYERES

Uno de los grandes pensadores de la humanidad fue Confucio, cuya enseñanza moral y ética pervive en nuestros días gracias a las analectas que llegaron a Occidente con particular intensidad. 

Hay, por supuesto, jefes de estado que más allá de practicar esa disciplina han centrado el poder para la persecución  y el crimen, para promover y desatar guerras tan sádicas como ocurre en Siria con el loco dictador Bashar al-Ásad. 

Confucio formula que el buen gobierno de estado debe estar soportado en ejes  esenciales, indestructibles, como son la caridad, la justicia y el respeto a la jerarquía. La última arista se refiere, claro, a la sumisión de un gobernante al pueblo porque éste es el que manda y el otro obedece sin reconcomios. 

Como una concordancia entre marido y mujer o padre e hijo, el pueblo y el gobierno tienen qué ser uno mismo para alcanzar relaciones en plena armonía  y de allí (no es una cuestión colateral ni abstracta, sino pragmática) conquistar el desarrollo con equidad, fin primigenio de todas las sociedades.

Cuando observamos que jinetes del Apocalipsis como las hambrunas o los choques bélicos entre naciones por la hegemonía se enseñorean con su guadaña bien afilada en ciertas partes del mundo, es grato  ser testigos (y participar, obvio) de la transformación gradual en Chiapas que no sólo conlleva bienestar colectivo, sino que –como bien lo proponía Confucio- existe una irrenunciable obediencia a las órdenes de la comunidad. 

Incluso hay quienes han confundido libertad con libertinaje, tolerancia con intolerancia y gobernabilidad con anarquía. Craso error. 

Usted sabe que Chiapas vivió un período fúnebre, de pesadilla, desde el gobierno incoherente del general Absalón Castellanos Domínguez  hasta el sexenio inmediato anterior en donde el ejercicio de la autoridad sólo fue el mejor utensilio para el pillaje y la rapiña.

En Chiapas hacía tiempo que no sosteníamos un romance tan productivo y límpido con la gobernabilidad. Nueve mandatarios protagonizaron la etapa más cruenta en la época contemporánea. Nunca el Estado de Derecho ni la ley ni la analogía con los gobernados fue una prioridad porque, ya le señalaba, erigieron un Chiapas surrealista con costos sociales muy graves. 

Algunos institucionalizaron el aquelarre político; otros el discurso embustero; unos más usaron el palacio estatal como alcobas lujuriosas para dar rienda suelta a sus más bajas pasiones, todo al amparo de la superioridad. Pero hubo un común denominador: la represión.

La escuela de Confucio en el Chiapas de hoy es un hecho tangible.  Toda esa amarga historia de desencuentros, luchas  fratricidas y despotismo gubernamental forma parte precisamente de un pasado aciago que si bien no lo podemos olvidar, sabemos que no se volverá a repetir. 

 

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