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Que nos maten a todos por lengua larga

            Al presidente Enrique Peña Nieto furibundos reporteros le gritaron justicia, no más discursos. En el salón Adolfo López Mateos, de la residencia oficial de Los Pinos, Peña hacía el anuncio de Acciones para la Libertad de Expresión y para la Protección de Periodistas y Defensores cuando, desde el fondo, un grupo de reporteros alzó la voz para reclamarle justicia por tantos crímenes en el gremio periodístico en lo que va de su gobierno.

            El asesinato a tiros de Javier Valdez Cárdenas, cometido en Culiacán, Sinaloa, ha encendido los ánimos y enfurecido a los periodistas de todo el país por los altos grados de riesgo e impunidad que rodean el ejercicio de esta noble profesión. Nunca se había visto un escenario tan dantesco.

            Valdez no era un reportero común, de los que dan la noticia cotidiana pero no por ello con menos mérito que cualquier otro. Valdez era acucioso, investigador, puntual en sus crónicas. Certero en sus datos. Su pluma era mortal. Se especializó en el tema escabroso del narcotráfico y al final eso le costó la vida.

            Mataron a la periodista Miroslava Breach Valducea, en Chihuahua quien, al igual que Valdez, era corresponsal del acreditado diario La Jornada. Sobre ese crimen, como un funesto presagio, Valdez inmortalizó una frase lapidaria, temeraria, lúgubre:

            "A Miroslava la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio".

            Tres semanas después la profecía se cumplió cuando un hombre ultimó de varios tiros a Valdez. Incluso, el sicario huyó de la escena del crimen hasta que se percató de que su víctima hubiera dejado de existir. Qué acto tan barbárico.

            Aquel grito de justicia a Peña Nieto la noche del miércoles 17 no es producto de una coyuntura. Aquel grito es el reflejo del hartazgo que se vive en este país por la cada vez creciente exención con que operan bandas de criminales que asesinan, violan, roban y ultrajan la vida y la paz de los mexicanos. Y en ese contexto tan dramático los periodistas no han quedado exentos.

             Somos conscientes de que los periodistas no escogimos una profesión apta para cobardes porque, al final, un periodista quisiera vivir y morir con el uniforme de campaña puesto y el fusil humeante entre las manos.

            Pero aquel grito es de furia, de impotencia, de rabia, de reproche al Estado al fallar en su tarea de garantizar la vida y el patrimonio de los mexicanos, por su incompetencia y hasta cierto punto valemadrismo para procurar que los periodistas y cualquier otro mexicano productivo pueda cumplir su tarea en tranquilidad, sin miedo a ser masacrado porque la muerte acecha en las esquinas como un tigre agazapado. A ese nivel hemos llegado.

            De acuerdo con la Federación Internacional de Periodistas, México es uno de los cinco países de riesgo para el ejercicio de esa profesión. El año pasado, por encima de nuestra nación, sólo Irak y Afganistán registraron mayor índice de homicidios a periodistas.

            El periodismo crítico, sin verdades maniqueas, y la libertad de expresión son fundamentales para la reflexión; ayudan a que el pueblo recapacite y piense; contribuyen a la democracia y son agentes de cambios y valores morales. Son anclajes en una sociedad civilizada.

 

            Por eso aquel grito de no más discursos, sino justicia a secas. Sólo eso: JUSTICIA.

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