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Uso de Razón Por: Pablo Hiriart/Quadratín

La próxima elección presidencial no será, como equivocadamente piensan algunos, un plebiscito sobre sí o no al PRI. Tampoco será un referéndum sobre la actuación del presidente.

Peña Nieto se va el 1 de diciembre del próximo año y no hay vuelta atrás. Lo que estará en juego es la continuidad o no del modelo liberal. Ése es el plebiscito.

Hemos leído a articulistas y a políticos -tan despistados como el gobernador Javier Corral o la presidenta del PRD Alejandra Barrales-, decir que es necesario un frente amplio para derrotar al régimen.

¿De cuál régimen hablan? No tienen la menor idea de lo que dicen.

El régimen presidencialista va a seguir existiendo porque no está en la agenda de ningún partido ni de candidato independiente transformarlo. Vamos, seguramente, a un ajuste de reglas en que haya gobiernos de coalición y segunda vuelta en la elección presidencial.

Pero lo que en el fondo quieren decir los despistados es que debe armarse una gran coalición para derrotar al PRI. Y no es por ahí lo que se viene. Vamos a elegir entre el modelo liberal que tenemos o el regreso al pasado estatista y populista que encarna López Obrador.

Esos son los dos grandes bloques que se prefiguran en el país. Estamos con el modelo liberal o regresamos al populismo, sí o no. Desde luego hay matices, pero la disputa central tendrá de un lado a Morena y seguramente a una parte significativa del PRD, y por otra al candidato del PRI o del PAN que conecte mejor con la ciudadanía. Así ocurrió en 2006. Así fue en 2012. Y así será en 2018.

Si el PAN se desgarra por ambiciones personales, legítimas o no, da igual, va a quedar en cuarto sitio y el voto útil se va a ir al PRI. Y si el PRI no corrige, se abstiene de castigar a los corruptos señalados con fundamentos por la opinión pública, y saca un candidato impopular, el voto útil se va a ir al PAN –si es que no se ha dividido-.

Lo que hay en México –y en buena parte del mundo- es un choque de proyectos de país. Eso lo entienden en el gobierno, lo entiende López Obrador y parece comprenderlo la ciudadanía. Menos algunos en el PAN y en el PRD.

¿Queremos libre comercio o no? ¿Queremos reforme energética y reforma educativa o no? ¿Queremos libre flotación del peso o control de cambios? ¿Libertad de precios o no? ¿Banco Central autónomo o no? ¿Queremos que en la prensa se le pueda llamar traidor o idiota al presidente –como se le ha dicho- o no? ¿Queremos un país plural o uno que tienda al pensamiento único?

Ahí está la discusión de fondo, y no en el barroquismo del “cambio de régimen” que no pasa de ser grilla de políticos y analistas de peso paja. Desde luego hay matices y podría surgir una tercera alternativa, que es la candidatura de una izquierda liberal, con marcado acento en lo social, encabezada por un político independiente como Miguel Ángel Mancera o algún otro.

Pero en el PRD son reacios a la idea porque se confunden en la disyuntiva de ir con Morena -el proyecto estatista-populista-, o con el PAN que está en las antípodas de esa ideología. Cubren su banalidad con el cuento de que hay que sacar al PRI de los Pinos. Ya lo sacaron en 2000 y estuvo fuera 12 años. Los secretarios de Hacienda en los tres gobiernos han sido los mismos. El punto está en el cambio de modelo: liberal o populista.

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