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Pasado perturbador
“Ya hijito, dime que fuiste tú y no te va a pasar nada”, le dijo el director de la Policía Judicial del Estado a un primario delincuente que sus agentes habían atrapado unas horas antes acusado de robo, delito éste que se persigue de oficio.
Ambos (pillo y funcionario) tomaban pozol de cacao y comían tacos de cochito en un restaurantillo localizado exactamente en la esquina de la calle central y segunda sur, en donde hoy hay una mueblería y contra esquina del edificio en donde estaban las ergástulas de esa corporación. Allí es ahora la Secretaría de Hacienda.
Era el gobierno de Absalón Castellanos Domínguez. El método nada ortodoxo que usaba ese director policial señalado soterradamente de misógino, provocó un desbarajuste en la sociedad porque floreció la delincuencia (particularmente el secuestro y los asaltos bancarios) y permitió la holgura de la impunidad pues emergieron jefes policíacos sanguinarios y sin escrúpulos como aquél temible sujeto Eduardo Rivera Barrios, siempre de guayabera blanca de cuatro bolsas, sombrero texano en la cabeza, paliacate rojo en el cuello, de nariz aguileña, alto, flacucho y manos enormes, manos de beisbolista.
El bandido ciertamente no era feo. Tenía ojos grandes muy expresivos y una cara lozana. Pese a su insipiencia delictiva supo encontrar pronto el lado débil de quien lo interrogaba casi entre arrumacos y flirteos con guiño de ojo y delicadas tocaditas de mano. Y mientras saboreaba su exquisita y fría bebida chiapaneca y degustaba los no menos deliciosos tacos, aceptó humildemente su delito.
“Si patrón, fui yo, pero écheme la mano. No lo vuelvo a hacer”, le comentó con voz dulce, candorosa, casi angelical al director policíaco que ya rebasaba el medio siglo de vida y a veces se comportaba extrañamente con suaves y finos manoteos ante sus subalternos, por eso subrepticiamente se ponía en duda su entereza masculina.
Al final se estrecharon ardorosamente las manos. El funcionario pagó la cuenta y regresó a sus oficinas. El inmaduro cuanto coqueto rufián abandonó el lugar. Caminó rumbo al parque central en donde se perdió entre la muchedumbre para, seguramente, continuar su naciente carrera delictiva.
El episodio nos ilustra claramente los tiempos insólitos que vivió la justicia chiapaneca. Y la policía, más allá de cumplir su alta encomienda, fue la primera en desatar las más cobardes canalladas en contra de los ciudadanos y, paradójicamente, era la mayormente responsable de los delitos.
Para fortuna de todos, de nuestras familias, eso es parte de un pasado perturbador. Hoy son sólo anécdotas pavorosas que podrían ilustrar una novela de la dama del terror Agatha Christie, pero que en su momento fueron ardorosas astillas que pincharon terriblemente la catadura de nuestra sociedad hasta hacerla sangrar y llorar.
La sociedad cuenta en día con policías preparadas científica y empíricamente para darnos seguridad. Son policías que gozan de honorabilidad y prestigio. Son profesionales de lo que hacen. Y les gusta hacerlo. Son policías adiestradas en los más altos niveles de la erudición que respetan a los ciudadanos, que conocen las leyes y las hacen valer. Por eso Chiapas es el estado más seguro de la República.
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