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Los normalistas se están equivocando Destacado

El uso de la arbitrariedad flagrante y la violencia injustificada resultan indefendibles desde
cualquier ángulo. Se convierten inevitablemente en prácticas inadmisibles y lascivas cuando, en medio de la irracionalidad o el descontrol, terminan lastimando gravemente a las causas legítimas, que -a la larga- se vuelven pretextos superficiales para los oportunistas de siempre, ajenos a los intereses reales de los movimientos sociales.

Por eso lo sucedido este viernes en Tuxtla Gutiérrez no es asunto que deba tomarse a la ligera. Si bien no es una práctica nueva, la documentación y evidencia del caso, que demuestra la participación de jóvenes estudiantes (la mayoría normalistas) en el secuestro de autobuses y el saqueo de camiones con mercancía, hacen del suceso un hecho para el análisis profundo.

Y es que, ver a alrededor de 200 jóvenes (estudiantes o no) robando mercancía y dándose a la fuga con las “manos es la masa” avergüenza en lo más profundo. Las imágenes hablan por sí solas. Aquí las versiones de infiltrados o reventadores simplemente no tienen cabida. Los propios padres de familias y compañeros estudiantiles terminaron comprobando a las afueras la Fiscalía General del Estado de Chiapas la procedencia de los autores materiales.

Simplemente no hay argumento o justificación que exculpe a los participantes de tan lamentable hecho; jóvenes la mayoría, no mayores de 20 o 25 años. Ni siquiera se pueden argumentar detenciones arbitrarias o injustificadas.

Se trata de un delito que prácticamente se dio en flagrancia plena, donde ni los argumentos “antiimperialistas”, “globalifóbicos” o “proteccionistas” son excusa válida dentro del marco constitucional mexicano.

Y no se trata tampoco de satanizar a los jóvenes estudiantes, ni de permitir que sean tratados como criminales. Se trata de reconocer que sus métodos o formas de manifestar sus inconformidades se están equivocando. Que las prácticas aprendidas e imitadas de otros movimientos violentos no abonan en nada bueno a sus causas. Que, al contrario, demeritan y lastiman la legitimidad de un movimiento que podría ser honesto de origen.

Tampoco sería ético intentar achacar el caso al movimiento magisterial y a la lucha contra la reforma educativa que es mucho más grande que un hecho tan lamentable como el de este jueves. Intentar mancharlo sería francamente irresponsable y tendencioso, tomando en cuenta los tantos episodios de represión, agresión y abuso gubernamental contra el sector docente, con pruebas igual de documentadas y fehacientes como las del caso aquí señalado.

Los grandes problemas generados por las malas decisiones de los gobiernos corruptos en México requieren de manifestaciones inteligentes que generen empatía social y cohesión de causas. La violencia y la arbitrariedad dentro de los movimientos sólo fragmentan opiniones, debilita el respaldo ciudadano y “engorda el caldo” para la misma clase política corrupta, ávida de distracciones e indiferencia para seguir enriqueciéndose a costa de las mayorías.

Por el bien de México, de Chiapas y las causas sociales legítimas lo sucedido este jueves en Tuxtla Gutiérrez no puede volver a repetirse. En un acto de congruencia, los liderazgos del movimiento estudiantil y magisterial deberían dar la cara para lamentar los hechos (y no justificarlos o victimizarse), y condenarlos.

Finalmente, no pueden perder de vista que sólo legitimando su causa con el respaldo social su movimiento puede mantenerse fortalecido… así las cosas. 

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