Menu
Tres lesionados deja fuerte accidente en Huixtán

Tres lesionados deja fuerte acciden…

Huixtán, Chiapas.- Tres p...

Conmemoran en San Cristóbal 179 años de la Gesta Heroica de los Niños Héroes

Conmemoran en San Cristóbal 179 año…

San Cristóbal de Las Casa...

Anuncian segunda edición del diplomado para periodistas y defensores de DH

Anuncian segunda edición del diplom…

San Cristóbal de Las Ca...

Denuncian falta de personal e insumos en Clínica de Campo del IMSS en Venustiano Carranza

Denuncian falta de personal e insum…

Venustiano Carranza, Ch...

Denuncian agresiones contra maestra de kínder Enrique Pestalozzi

Denuncian agresiones contra maestra…

San Cristóbal de Las Ca...

Realizan toma de protesta de 33 profesionistas en el INEM

Realizan toma de protesta de 33 pro…

San Cristóbal de Las Ca...

Piden investigar presunto atropellamiento

Piden investigar presunto atropella…

San Cristóbal de Las Ca...

Ayuntamiento transforma espacios públicos con el programa “Parques Vivos” en San José Buenavista

Ayuntamiento transforma espacios pú…

San Cristóbal de Las Ca...

Piden inspeccionar a Coca-Cola FEMSA por olores a gas

Piden inspeccionar a Coca-Cola FEMS…

San Cristóbal de Las Casa...

En Teopisca, inauguran Unidad de Investigación y Judicialización de la Fiscalía de Justicia Indígena

En Teopisca, inauguran Unidad de In…

-Con la finalidad de dar ...

Prev Next
A+ A A-

De cantinas y cultura

Hace algún tiempo, conversando con Oscar Palacios, Oscar el escritor, el Premio Chiapas; litigando con él y otras entrañables personas, Florentino Pérez, Toño Durán y los dos Marcoantonios, apretujados alrededor de una mesa, no de las de 70 por 70 aunque cercanas a ellas, me comprometí a esto: a escribir lo que dictara esta memoria y lo que fuera encontrando sobre el ambiente, el barullo, los aromas y sabores; los rostros que se ven o imaginan en las cantinas santas, los bares, abrevaderos y conexos. Sí. En las cantinas. En donde se cura la cruda, se olvida la soledad, nos inventamos queridas, se alivia el mal de amores y se quebrantan las enfermedades del corazón.

Y es que… apresuramos ese día al buen Oscar, nada menos que a escribir una novela en donde sus picudos personajes fueran ubicados en los más extravagantes bares y pulcatas del sur-sureste del país.

En la antigua Frontera Díaz hoy Suchiate, en donde lo característico son los traileros, los tratantes de muchachitas, las putas de minifaldas exiguas, el polvaredal y las cervezas guatemaltecas Gallo. O en Playas de Catazajá, en donde es fácil ya, conseguir las cervezas Montejo y Carta Blanca —ambas de manufactura yucateca—, acompañadas de salpicón de pejelagarto, trocitos agridulces de tortuga, y claro, la infaltable compañía de camareras de minifaldas y delantalcitos blancos.

O… ¿Por qué no situar a los personajes de esta novela, junto a la barra de La Oaxaqueña, el abrevadero de los viejos sancristobalenses? Para recordar con ellos los curaditos de durazno, de membrillo y ciruelas, los trocitos de chicharrón y las cuñitas rebosantes del consomé de camarón seco; esas miniaturas clásicas de la botana de los coletos.

En fin, lo cierto es que como ahí decíamos, Chiapas como todos los pueblos de México, Centroamérica y el resto del mundo tiene a sus cantinas, aunque también sus desplumaderos, resguardados de la maledicencia pública. Los tiene como lugares poco menos que sagrados, como fueron en su momento los baños públicos romanos y como son ahora esos centros de agasajo a los que están acostumbrados los japoneses ricos, con geishas, saunas y sensualidad a mares; o el caso de China y el mundo asiático, plagado de tugurios clandestinos con camas duras en donde se solazan los fumadores de opio.

En nuestros bares y cantinas entonces, se compendia la vida y explosionan mil catarsis. Se aplican las mejores sicoterapias de amigos, se recrean las costumbres, las tradiciones y eso que en general llamamos “cultura” y ¿Cómo no, si en algunos casos ocupan casas viejas, hermosas, portadoras de tradiciones constructivas, arquitectónicas? ¿Cómo no, si la variedad de sus aderezos y botanas nos llevan a la perdurabilidad de nuestras costumbres culinarias?

¿Cómo no, si en ellas se escuchan y cantan las letras de la bohemia, el viejo romancero mexicano, las canciones de Aceves Mejía y José Alfredo Jiménez? ¿Cómo no, si ahí, en estos santuarios, se reproduce y oxigena día a día una parte importante de lo que somos, de lo que nos identifica como pueblo, nuestra cultura, nuestra identidad?

En las tabernas y cantinas no sólo se recrea el placer de la buena conversación y el uso de nuestra mejor habla corriente. Hacemos negocios, arreglamos entuertos, construimos proyectos, concluimos pactos y compromisos. Enhebramos intrigas y componendas, conjuramos y subvertimos el orden, buscamos pleitos y hasta sorrajamos a los más necios. 

Mentamos madres, nos la mentamos y luego complacidos, nos damos las paces. Encontramos a viejos conocidos, restablecemos las amistades perdidas, mandamos a la chingada nuestras rencillas, maquinamos turbias intenciones, aclaramos nuestros “malos entendidos” y componemos el mundo. Maldecimos sin tapujos al gobierno y en especial a los políticos infames. Vemos la vida de color de rosa, conspiramos hasta en contra de nosotros mismos como dicen que dijo alguna vez el buen Fidel Yamazaky y hasta nos abrazamos para decirnos amigos.

 

¿Qué otras credenciales y atributos podrían ser superados por éstos, para no afirmar que nuestras cantinas son centros psicopedagógicos de primera, e incluso salas de promoción y reinvención de la cultura? Digo, para no expresar en voz alta que en algunos casos, podrían superar a las mismísimas municipales casas de cultura. Y ya, no digo más, pues hasta eufórico me estoy sintiendo. Ya habrá tiempo para ir de cantina en cantina; para contagiarles el rico sabor de las patitas envinagradas, las tostaditas turulas, las sudorosas helodias y los desempances de antología. Ir y venir por esos aguajes de Dios en donde abrevan sus ángeles y demonios.

volver arriba