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Crónica de un asesinato

·         El repiqueteo del teléfono directo estremeció al Ombudsman. Del otro lado de la línea estaba Rubén Velásquez López, quien con voz grave y autoritaria quiso reprender al Ombudsman

Julissa Santibáñez/Primera Edición. -

La fría noche del 7 de octubre de 1913, agentes de la Policía Reservada –tan sanguinaria como la Gestapo de Hitler-, sicarios de Victoriano Huerta, entraron a la modesta habitación que el doctor Belisario Domínguez Palencia rentaba en el hotel Jardín, de la ciudad de México. Violentamente lo trasladaron a la colonia Xochimilco al consultorio del doctor Aurelio Urrutia, un médico cirujano tan execrable como su jefe, el tirano Huerta.

Urrutia tomó una pinza y sin mayor miramiento, sin piedad alguna, la introdujo en la boca de don Belisario ayudado por los asesinos de Huerta, para seccionarle la lengua. A los pocos minutos llegó al consultorio Huerta a quien Urrutia le entregó la lengua del insigne chiapaneco.

Abominable como era, Huerta golpeó las mejillas de don Belisario con su propia lengua, la que el impío Urrutia le había arrancado sin misericordia. Y le dijo entonces: “Ahora sí, hable cabrón”.

Los esbirros trasladaron después a don Belisario al panteón de Xoco, ubicado en la esquina de río Churubusco y avenida Cuauhtémoc, en Coyoacán. Allí le asesinaron a tiros y enterraron el cadáver a flor de tierra.

Hijo de don Cleofas Domínguez y doña Pilar Palencia, don Belisario se había declarado abiertamente enemigo de Victoria Huerta quien asumió la presidencia tras derrocar a Francisco I. Madero en un golpe en el que mucho tuvo que ver el gobierno de Estados Unidos.

Preocupado por el rumbo del país, Belisario Domínguez asumió su verdadero papel de Senador de la República. No incitaba una subversión. No estimulaba una rebelión social en el país, sino el respeto de la democracia, el respeto al pueblo, a las instituciones. Por eso preparó un discurso que leería en la Cámara de Senadores el 23 de septiembre de 1913, pero el presidente de la asamblea se lo impidió.

El 29 de septiembre de 1913 el pueblo mexicano conoció el discurso que don Belisario nunca leyó en la Cámara. En él llamaba a la representación nacional a deponer al usurpador “aún con el peligro y la seguridad de perder la existencia”.

Decía: “El pueblo mexicano no se puede resignar a tener de presidente de la República a Victoriano Huerta, soldado que se adueñó del poder por medio de la traición”.

Allí selló su destino y también el de su verdugo.

RUBÉN VELÁSQUEZ:

RETRATO DEL CINISMO

Una noche lluviosa de agosto, el presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, abogado Pedro Raúl López Hernández, se encontraba en sus oficinas de esa Comisión en la colonia Moctezuma de Tuxtla.

Acompañado de su secretario particular, del coordinador ejecutivo, de su director de comunicación social y de su chofer, el Ombudsman estaba atribulado. Decía que la situación del estado se descomponía cada vez más por la ausencia de respeto al Estado de Derecho.

El abogado recién entraba a su despacho. Regresaba del hospital regional de la ciudad a donde había sido solicitado por estudiantes de la escuela normal rural Mactumatzá. Horas antes, una sospechosa trifulca se había registrado cuando los jóvenes iban a su escuela en un autobús propiedad de la institución, tras haber celebrado un mitin en el centro, frente a las oficinas del gobernador.

Hubo disparos. Murió Joel David Martínez, el muchacho que conducía la unidad. El cadáver estaba precisamente en el hospital regional. Todo era caos. La furia incontenible de los estudiantes. El miedo. Las amenazas de cárcel. Olor a represión y a impunidad.

El repiqueteo del teléfono directo estremeció al Ombudsman. Del otro lado de la línea estaba Rubén Velásquez López, quien con voz grave y autoritaria quiso reprender al Ombudsman.

-Don Raúl, habla el secretario de gobierno. -

-Dígame, señor.

-Ya sé que estuvo en el hospital regional. Deje de andar alebrestando a los estudiantes.

-Soy el presidente de la Comisión de Derechos Humanos, señor. Ellos me llamaron y no estoy alebrestando a nadie. Cumplo mi deber.

-No se meta en pendejadas...

La actitud del abusivo secretario preocupó a López Hernández. Después de sufrir un atentado a balazos, de soportar el acoso sistemático gubernamental, las difamaciones e injurias de la prensa controlada por el gobierno, la coacción anónima constante, la sutil sugerencia del secretario de gobierno de “no meterse en pendejadas” era para tomarse en serio.

Meses previos, otro troglodita del establishment del poder –César Chávez Castillo, agente de la Liga 23 de septiembre en los tiempos del terrorismo político en México-, siendo jefe de asesores de Pablo Salazar Mendiguchía le había proferido aquella frase temeraria de “escoge: encierro, destierro o entierro”.

Senador de la República por esos nauseabundos compromisos políticos que se dan en la elite, Rubén Velásquez López quiso un 7 de octubre de 2006 encabezar su primer acto en medio de reflectores y convertirse en una acreditada figura de las luminarias políticas nacionales. No lo logró.

Cuando se disponía a montar una guardia de honor ante la estatua del prócer chiapaneco, en el patio central del Senado de la República junto a los senadores Federico Doring, de Acción Nacional, y Gabriela Aguilar, del Partido Verde Ecologista de México, apareció como Proteo el periodista chiapaneco Miguel González Alonso (qepd), presidente del Frente de Periodistas de Chiapas y uno de los más acérrimos, arrojados y empedernidos defensores de la libertad de expresión.

González fue a la yugular. En medio de periodistas, senadores y políticos que presenciarían el evento, exclamó con fuerte voz: “Senador, no manche este acto republicano”.

El rostro de Rubén Velásquez se descompuso. Cambió de color invadido por el nerviosismo. De pronto demostró su fragilidad. Se convirtió en un político vulnerable. Ya no era más el secretario arrogante e inicuo que saboreó las mieles del poder y de la inmunidad en el andamiaje político de Chiapas, el que reprimió a ultranza, el que intimidó sin compasión, el que creó a su alrededor a una mafia de colaboradores tan autócratas como él.

El Rubén de ese sábado 7 era un sujeto miedoso. Timorato. Monigote. No era el mismo Rubén que con lujo de arbitrariedad echó a andar la ley mordaza para perseguir a los periodistas enemigos suyos y enemigos de su gobierno.

Hoy la pandilla amenaza con regresar por sus fueros, en busca de impunidad. –

 

 

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